
-¡Un cuento! quiero que me cuenten un cuento ¿hay alguien en esta plaza que sepa contar un cuento para mis pobres entendederas?
Así vociferaba un extravagante viejo de aspecto fantasmagórico, andrajoso de la cabeza a los pies, no llevaba una pieza de tela encima que no estuviera ajada, guantes raídos, zapatos con ventilación espontánea, un sombrero de ala ancha sobre unos mechones de pelo sucio y enmarañado, sobre sus hombros un guardapolvo, sin ningún botón. Al mismo tiempo que vociferaba, saltaba y corría, sus aspavientos eran de tal envergadura que si su aspecto hubiera sido otro y con acompañamiento de música hubiéramos dicho que bailaba, mientras, a su lado la gente pasaba con total indiferencia.
Esto no parecía importarle pues cuanto más lo ignoraban más voceaba.
-¡Un cuento, un cuento! en esta plaza siempre hubo un narrador de cuentos.
Lo suyo hubiera sido que pidiera una limosna pero no, lo que pedía era un narrador de cuentos.
Quiero escuchar que las aguas de los ríos son cristalinas.
Que nos cuente el narrador cuantos salmones saltan sus cimas.
Que al pájaro carpintero trabajo nunca le falte.
Que los árboles que ayer planté mirando el cielo se apiñen,
Que el jazmín en los jardines por las noches nos perfumen,
Que en mi ventana haya un nido de golondrinas que aniden,
Que los niños se columpien y los ancianos los miren.
Así gritaba el mendigo, -¡un cuento sólo un cuento, sólo para mis oídos!
De La safor