domingo, 18 de septiembre de 2011

SANTA SAN HEBRA


Madre, mi primer poema, un viento alado lo transportó al infinito mundo de lo imposible y rasgó mi velo, corrí tras él, en mi inocencia, mi manto quise coser, darle una puntada, solo una puntada y no pudo ser.

Yo solo era mujer.

Silencios profundos son los de una madre.

Ayer, mientras yo quería atrapar una mariposa, tú cogías mis manos, las empujabas hacia las alturas donde las águilas tocan las nubes, las hacías fuertes, mis lágrimas enturbiaban tus sentidos, tú veías el horror de mis ojos, mi boca sentía la tibieza de otra piel y mis manos palpaban la impiedad de otras manos.

Madre, tu voz era un susurro, un rumor de agua tibia sobre mi piel.

Mis oídos escuchaban el sobresalto del sonido de otra voz y desde el interior de mi vientre, sentía como caía el velo que cubría la faz de mi aliento. Yo solo era una mujer.

Fue entonces, sin saber por que, de mi boca, sin rabia ni enojo, salió esta oración. Santa San Hebra.

Gobierna sin prisas, pon agua al fuego, deja caer unas flores secas, que salgan vapores cálidos, con aromas y perfumes de ayer, olvidados, el tiempo se comerá la larga espera, la fragancia se extenderá por todos los rincones del bosque de cipreses, solo entonces, madre, con susurros me despertaras.

Para que, entre los senderos, camine descalza mirando a los cielos, ese cielo negro cuajado de estrellas.

Se acabó el sendero, has de despertarme, despiértame madre que llega la noche y he de marcharme por esos caminos, caminos de sangre.

Se acerca la sombra, se limpian sus uñas y en la tierra, madre, sus dedos esconde, en la misma tierra donde tú, aquel día, gritando hacia dentro, a mi me parias y una fina lluvia cubría dos vidas la tuya y la mía.