
Muy cerca de mi casa hay un parque, con flores, setos, fuentes, un pequeño lago donde unos patos se zambullen en perfecta armonía con peces de colores.
Los ancianos toman el sol mientras los niños juegan, algunos vecinos pasean a sus perros, estos husmean por todas partes moviendo alegremente sus rabos.
Yo siempre oí a los mayores contar que el parque estaba encantado, de pequeña escuchaba con atención historias sobre duendes, libélulas que tenían pequeños cuerpos luminosos, hadas decían que eran.
Es posible que no os creáis lo que hace unos días me pasó, yo también me quedé confusa pensando que mi imaginación me jugaba una mala pasada.
Allí en un rincón entre la hojarasca seca asomaba un pequeño sombrero ¿una seta? Sí, aparté las hojas y descubrí una tierra húmeda en la que crecían un puñadito de setas, las observé con atención, pensando si serían comestibles, cuando me disponía a coger una, no lo podía creer, un diminuto ser me atacaba con una microscópica vara mientras una libélula pasaba rozándome amenazadoramente la nariz. Esta comida es mía, me chillaba el hombrecillo, nos ve, nos puede ver, decía moviendo intensamente sus alas la pequeña hada.
En aquel momento los rallos del sol dejaron al descubierto centenares de diminutas luces volando a mí alrededor, ¿hadas? Sí y gnomos, un poblado de diminutos seres, el parque, realmente estaba encantado, vivo.
Con una sonrisa y muy despacio fui retirándome no podía pisar a ninguno.
Tenía que poner mis ideas en orden, el parque efectivamente estaba encantado y yo lo había visto… continuará… o no.