miércoles, 29 de octubre de 2014

Los buscará, pero no los encontrará; (Oseas 2,7 )





                                           
                                                           Imagen de Internet





Abro la puerta. 

Hay niños jugando en la calle.
Una calle  de tierra recién barrida
regada por las risas de la chiquillería.
Miro al suelo: un sambori, una cuerda, unas canicas.
¡Qué atrevidas esas muchachas que sueltan las agujas
y siguen queriendo ser niñas!
Y juegan a la cuerda trenzando sonrisas 
a posibles galanes.
Solo son niñas creciendo muy deprisa.

Vuelvo la mirada y miro las paredes,
de una casa vacía
y me adentro en sus vidas.

Abro ese cajón de las cosas perdidas.
Un peluche, un trozo de  goma, una punta de lápiz,
una cuartilla con unas letras sencillas, 
una cinta rosa, un mechón de mi pelo.

Una ventana abierta,
unos ojos que miran acercarse la vida.
A lo lejos, deprisa, una nube se aleja
y se apaga una luz,
y mis manos tiemblan encendiendo una vela
alumbrando el reloj de los granos de arena.

Me miro en el espejo me devuelve mi imagen, 
de arrugas y de canas, de unos pies inseguros
y manos temblorosas.

Y la puerta se cierra.  
Entorno mis ojos y me siento a tu lado.
Solo quiero que sepas lo que deje por ti.
Una nube se aleja y se lleva mi tiempo.
Cierro mi ventana, revuelvo mis cajones
me pongo mis enaguas y sin ningún reproche
abandono mi casa.

De La Safor:            







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